
Originalmente, los papas eran elegidos a través de la opinión popular que apoyaban tanto al clero como a los fieles. Sin embargo, en el año 1059, el Papa Nicolás II promulgó un decreto que estableció el papel de los cardenales como electores. A partir de entonces, el proceso de elección pasó a ser más formalizado, otorgándole autonomía al Sacro Colegio Cardenalicio, un consejo compuesto por cardenales de alta jerarquía, establecido oficialmente en 1150.
Cuando un pontífice muere o renuncia, los cardenales menores de 80 años son convocados al Vaticano para participar en el cónclave papal, un proceso secreto en el que se elige al nuevo Papa. Los cardenales se reúnen en la Capilla Sixtina, que está completamente sellada para garantizar la confidencialidad. El cónclave puede durar varios días, con las votaciones realizadas hasta que un candidato obtenga dos tercios de los votos.
Cuando un cardenal recibe la mayoría necesaria, se convierte en el nuevo Papa. Las papeletas y documentos del cónclave se queman en una estufa en la Capilla Sixtina, y el humo que sale de una pipa en el techo señala el resultado: humo negro indica que no ha habido elección, mientras que humo blanco significa que se ha elegido un nuevo Papa. En ese momento, el diácono de mayor edad en el Vaticano sale al balcón de la Plaza de San Pedro para anunciar las palabras en latín "Habemus Papam" (Tenemos un Papa), seguido de la aparición del nuevo Papa, quien ofrece su primera bendición a la multitud.
Un aspecto interesante del papado reciente es que, cuando el Papa Francisco fue elegido en 2013, optó por usar una sotana blanca en lugar del tradicional manto rojo que habían usado papas anteriores.
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